Bienvenidos a K9.ar. Iniciar este espacio no es para mi solo poner en marcha un sitio web; sino consolidar una visión que ha evolucionado a lo largo de muchos años. Desde mi corazón dedico este lanzamiento a mi hija Daniela, y a los perros que han pasado por mi vida, muy particularmente a Astro, que me sigue acompañando y junto a quien sigo aprendiendo sobre los perros desde 2016.
Escribo estas líneas en 2026, en un momento donde la presencia de perros en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires compite demográficamente con la población infantil. Sin embargo, a pesar de este acercamiento físico, opino que nunca hemos estado tan en riesgo de ignorar quién es realmente el animal que duerme a los pies de nuestra cama.
Al iniciar mi trabajo de investigación para la divulgación de las cuestiones caninas, acepté el marco de la “familia multiespecie” como un concepto útil para comprender el vínculo entre humanos y perros. Hoy, debo decir con firmeza que lo considero un concepto profundamente errado. Aunque suena atractivo y sintetiza un deseo emocional de igualdad, esta etiqueta es peligrosa: elimina las diferencias biológicas que no conviene ignorar si queremos razonar correctamente sobre el vínculo.
Cuando, simplemente y sin razonar, tratamos a un perro como un humano más, incurrimos en un antropomorfismo que suele terminar en sufrimientos inesperados, con hechos que se plasman en noticias lamentables. En K9.ar, propongo que sustituyamos esa idea por la de una “familia que cohabita con animales de compañía”. Esta distinción no es fruto de un capricho semántico sino un acto de respeto hacia el perro y su identidad, aplicable también a otras especies domésticas, como por ejemplo los gatos.
No debemos olvidar que el perro (Canis lupus familiaris) es un mamífero predador (superpredador) descendiente directo del lobo. Su “biblioteca genética” (genoma) determina una funcionalidad y unas necesidades que son diferentes a las nuestras en varios planos que como seres racionales que somos, debemos tener en cuenta, particularmente desde el punto de vista de la conducta.
Desde los primeros 60 días de vida —donde el cachorro “aprende a ser perro” junto a su madre y hermanos— hasta su madurez, el perro atraviesa etapas de aprendizaje inevitables. Si nosotros no intervenimos con criterio, el azar se encargará de moldear una conducta que puede convertir la convivencia en un suplicio. Por eso considero que en nuestra sociedad moderna, el adiestramiento de los perros es una necesidad moral y que en la cultura actual, el adiestramiento no debería ser visto como un lujo para perros “profesionales” o de exposición.
Vivimos en un mundo diseñado por y para humanos. Las ciudades son entornos potencialmente letales para perros que no aprendieron a detenerse antes de cruzar una calle o acudir a un llamado ante una situación riesgosa. Usar los descubrimientos científicos de los últimos dos siglos para adiestrar a nuestros perros dentro de una estructura de binomio —donde el humano asume el rol, primero de maestro y luego de guía — es una forma razonable de otorgarle a nuestros canes libertad y seguridad real.
Mi experiencia trabajando como adiestrador en los últimos años, trabajando con perros y las dificultades que la convivencia presenta en entornos familiares, me produce un fuerte sesgo a adoptar una intención preventiva. He sido testigo de muchas situaciones dolorosas que podrían haberse evitado con apenas un poco de conocimiento.
Espero que este sitio sea un espacio para relajar la rigurosidad científica solo en pos de la comprensión, pero sin perder nunca el norte del bienestar animal. Los invito a redescubrir a nuestros compañeros, a moderar la visión antropomórfica y a construir un vínculo basado en la información, el respeto y la ciencia canina.

