Hablar hoy de la cría de perros en Argentina implica ingresar en un debate complejo que excede el bienestar animal. Se discuten cuestiones biológicas, éticas, jurídicas y culturales que no pueden analizarse de manera aislada. Sin embargo, cualquier discusión seria debería comenzar por un hecho difícil de controvertir: el perro doméstico (Canis lupus familiaris) es el resultado de un proceso de domesticación iniciado hace miles de años, mucho antes de la aparición de las razas modernas o de los registros genealógicos.
La evidencia disponible indica que la domesticación comenzó cuando los lobos menos temerosos y más tolerantes a la presencia humana obtuvieron una ventaja adaptativa al acercarse a los asentamientos. Más tarde, el ser humano comenzó a seleccionar deliberadamente aquellos individuos más aptos para determinadas funciones. En otras palabras, la cría selectiva no nació con los criaderos modernos, sino con la propia domesticación. El experimento de Dmitri Belyaev con zorros plateados confirmó que la selección por conducta produce, de manera espontánea, cambios morfológicos y fisiológicos, demostrando que la especialización zootécnica constituye la continuidad de un proceso evolutivo y no una ruptura con él. De allí surge un principio que durante siglos guió el desarrollo de las razas: la forma sigue a la función.
Las consecuencias demográficas de reducir la reproducción de una especie completamente dependiente del ser humano son previsibles. Si los nacimientos disminuyeran de manera sostenida en el conjunto de la población canina, su número también descendería por simple recambio generacional. Sin embargo, la evidencia disponible indica que esa reducción no se produjo de forma generalizada. Lo que disminuyó fue la cría registrada, mientras que la reproducción no planificada continuó alimentando el crecimiento de la población de perros sin hogar. Precisamente por ello, identificar ambos fenómenos como si fueran equivalentes conduce a conclusiones erróneas. La evolución de la población canina no responde a un simple cálculo aritmético entre nacimientos y muertes, sino a una hipótesis demográfica compleja que necesariamente debe considerar factores sociales, culturales y económicos: la percepción que la sociedad tiene sobre los perros de raza y los mestizos, el vínculo histórico entre determinadas razas y las funciones para las que fueron seleccionadas, el valor que las familias asignan a la tenencia responsable y, especialmente, el grado de educación y compromiso de los propietarios para evitar camadas no planificadas. Desconocer esa complejidad supone reducir un fenómeno multifactorial a una única variable, con el riesgo de atribuir al problema una causa que la evidencia disponible no alcanza a demostrar.
EFECTOS DE UNA POSIBLE PROHIBICIÓN
Al mismo tiempo, una eventual prohibición de la cría de perros podría generar efectos no deseados. Si la demanda por determinadas razas persistiera —como ha ocurrido históricamente y como resulta razonable prever, aun frente a una eventual prohibición— mientras la oferta legal desapareciera o se redujera significativamente, parte de esa actividad probablemente se desplazaría hacia circuitos informales o clandestinos. Este fenómeno no sería novedoso: la experiencia demuestra que, cuando una demanda social se mantiene y la oferta legal se restringe de manera significativa, suelen surgir mercados paralelos impulsados por los incentivos económicos derivados de la escasez. En ese contexto, el mercado clandestino imposibilitaría los controles sanitarios, la trazabilidad genética, el cumplimiento de estándares de bienestar animal y la identificación y persecución de quienes realmente ejercen la actividad de manera abusiva.
Desde el Derecho, la discusión tampoco puede agotarse en la finalidad de la norma. El principio de razonabilidad exige que toda restricción a una actividad lícita sea idónea, necesaria y proporcionada para alcanzar el objetivo perseguido. Si el propósito es reducir el abandono y la sobrepoblación, corresponde preguntarse si limitar la cría registrada constituye un medio eficaz para lograrlo o si, por el contrario, termina afectando principalmente a quienes ya se encuentran sometidos a controles sanitarios, identificación genealógica y trazabilidad. En materia de políticas públicas, las buenas intenciones no sustituyen la necesidad de evidencia.
LAS ESTADÍSTICAS
Y es precisamente la evidencia disponible la que merece ser analizada. El mayor estudio genético realizado sobre perros alojados en refugios (National Animal Interest Alliance) -NAIA, EEUU-) determinó que más del 95 % de los animales presentaba ascendencia mixta y que menos del 5 % correspondía a ejemplares de raza pura. Aunque no existen estudios equivalentes en Argentina, la literatura sobre sobrepoblación canina en América Latina identifica a la reproducción no planificada como el principal origen de los perros en situación de calle. En paralelo, los registros de la Federación Cinológica Argentina muestran que las inscripciones de perros de raza descendieron un 62,6 % solamente entre 2018 y 2025 (54.205 registros en 2018 vs 20.272 en 2025), y es una tendencia que viene desde principios del s. XXI. Si la cría registrada fuera una de las principales causas (o una solución) de la sobrepoblación canina, cabría esperar que una reducción de esa magnitud se reflejara, al menos parcialmente, en una disminución del número de animales sin hogar. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Las cifras difundidas por organizaciones proteccionistas sostienen que la población de animales en situación de calle continuó creciendo durante ese mismo período.
Es cierto que esas estimaciones deben interpretarse con cautela, ya que no existe un censo nacional que las respalde. Además, la cifra de 20 millones difundida por la Red de Políticas Públicas comprende tanto perros como gatos, mientras que la estimación de 2018 del Colegio de Veterinarios de la Provincia de Buenos Aires se refería únicamente a perros. No obstante, aun aceptando esos datos como hipótesis de trabajo y asumiendo que aproximadamente el 70 % de esos 20 millones corresponde a perros (unos 14 millones de animales), ello implicaría un incremento cercano al 133 % respecto de los 6 millones estimados en 2018. En otras palabras, mientras la cría formal y registrada habría disminuido más de un 62 %, la población estimada de perros sin hogar habría aumentado alrededor de un 133 %. Estos datos, aun bajo las hipótesis más favorables para la postura proteccionista, difícilmente sean compatibles con la afirmación de que la cría registrada constituye una causa del abandono canino.
LA EVOLUCIÓN DE LAS REDES DE RESCATE Y ADOPCIÓN
En los últimos años también cambió profundamente la capacidad de la sociedad civil para rescatar y reubicar animales. Quienes llevamos décadas participando en rescates recordamos lo difícil que era encontrar un hogar para un perro cuando todo dependía del boca a boca. Más tarde aparecieron plataformas como Red Mascotera y las cadenas de correos electrónicos, que marcaron un punto de inflexión. Hoy existen cientos de grupos de Facebook, cuentas de Instagram, redes de WhatsApp, campañas municipales y organizaciones dedicadas exclusivamente a la difusión y adopción responsable. Nunca fue tan sencillo dar visibilidad a un animal que necesita un hogar. Sin embargo, según las propias organizaciones proteccionistas, la cantidad de animales en situación de calle continúa aumentando. Si ello es así, resulta difícil sostener que el problema radique principalmente en la existencia de criaderos de perros. Todo indica que sus causas son mucho más profundas y se relacionan con la reproducción no planificada, el abandono y la ausencia de políticas públicas sostenidas de educación, identificación y tenencia responsable.
CONSIDERACIONES FINALES
El verdadero debate, entonces, no consiste en decidir si deben existir o no criadores, sino en determinar qué tipo de cría resulta éticamente aceptable y bajo qué condiciones debe desarrollarse. Combatir el maltrato animal exige sancionar el abandono, fomentar la tenencia responsable, ampliar el acceso a las castraciones e incentivar la educación de la población. La pregunta de fondo no es si el ser humano debe seguir criando perros, sino si está dispuesto a asumir la responsabilidad que implica haber domesticado una especie que hoy depende de él. Como escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: «Eres responsable para siempre de lo que has domesticado».

